Detuvo su recién acabada de estrenar berlina de alta gama en el peaje de la autopista, abonó el importe correspondiente y continuó su camino. Unos segundos antes había salido un pequeño utilitario que a pesar de su tamaño debía poseer un buen motor bajo el capó porque mostró una estupenda aceleración inicial. Con todo, nada comparable a la potencia de su nuevo taxi. Desde hacía unos días podía presumir de ofrecer el servicio en el mejor vehículo de la ciudad y eso le garantizaba más clientes de la clase acomodada. Fueran muchos años de duro esfuerzo hasta conseguir finalmente ese sueño. Ahora, tenía la oportunidad de demostrar a su pasajero que viajaba en el mejor y más rápido transporte de la zona.

Cuando salieron del área de incorporación, en los propios carriles de la autopista, alcanzara ya al otro conductor y ambos circulaban a la par; sin embargo, el velocímetro marcaba ya los ciento treinta y cinco quilómetros por hora, quince por encima del límite legal permitido por la normativa de tráfico vigente y no dejaba para nada soltar el acelerador y cederle el carril a ese enano que osaba retarlo. Para evitar un posible impacto, el otro conductor, lejos de reconocer su inferioridad, se atrevió a cambiar de carril retándolo a seguir la competición. ¿Pero en qué está pensando? ¡Vaya iluso!

Su rival no parecía querer rendirse y quedaban pocos metros para que la carretera dibujase una curva más cerrada de lo normal por lo que decidió dejarse de tonterías y pisando el pedal a fondo puso su máquina a doscientos quilómetros por hora adelantando al otro vehículo sin dejar de estudiar el rostro del otro conductor y de satisfacerse por la expresión de sorpresa que mostraba. Quizás aprendiera una lección: con los más grandes no te puedes meter.

***

Xurxo no llegaba a entender la reacción de ese taxista que de repente se había puesto a su derecha en un momento en el que ya no podría incorporarse a la autopista de no haberle cedido el carril. Por suerte, por su izquierda no circulaba nadie en ese momento, porque de lo contrario, el conductor del taxi podría tener serios problemas para evitar estamparse. Tampoco entendía el motivo que pudo llevar al conductor de un servicio público a no dejarlo reincorporar de nuevo a pesar de no circular nada lento, teniendo que reducir la velocidad para colocársele detrás. Desde su posición, pudo ver como el taxista llegaba a la curva con un exagerado exceso de velocidad y sufría serias dificultades para dominarlo, yéndosele varias veces en la parte trasera antes de llegar a recuperar la estabilidad.

***

Xesús sintió como su corazón se desbocaba. Cuando se subió al cómodo taxi agradeció su suerte por la comodidad de los asientos del vehículo de alta gama que le había tocado, nunca hubiese imaginado el susto que le deparaba el loco conductor que lo conducía.

A pesar de la suavidad del coche y de que apenas podía notar el contacto con el asfalto, pudo sentir perfectamente como perdía el control al llegar a la curva y el vehículo se deslizaba de un lado para otro perdiendo la adherencia de las ruedas traseras. Sin embargo, decidió guardar silencio para evitar provocar a ese loco y agradecer a cualquier dios presente, pasado y futuro el poder continuar a salvo con su viaje.

De todas formas, tenía muy claro que no volvería a contratar los servicios de ese taxista en lo que lerestaba de vida… si no terminaba ese día en esa maldita y cómoda caja de muertos con ruedas.

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